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La Edad Media parece repleta de batallas; en realidad durante mucho tiempo la guerra medieval se ha estudiado casi exclusivamente a través de los choques registrados en la época.
Sin embargo, es relativamente raro encontrar batallas en el pleno sentido de la palabra: lo que predomina son principalmente las campañas y los asedios, ya que éste es el tipo de acciones que definen la guerra en este período.
La paradoja de las batallas medievales estriba en el hecho de que fueran a un tiempo arriesgadas y muy poco decisivas. Por consiguiente, y a pesar de que algunos generales siguieran activamente una estrategia concebida para entablar batalla tras batalla, la mayoría de los comandantes optaban por una política contraria, tratando de evitar los encontronazos y haciendo reacaer únicamente en las campañas y los asedios el peso de la victoria. Cuando se entabla una batalla, y una vez desatada la violencia, el jefe militar no ejercía más que un control muy limitado sobre sus fuerzas.
Pese a que en el campo de batalla las tropas se agruparan en unidades tácticas provistas de estandartes, insignias heráldicas y dalmáticas para facilitar el reconocimiento de los bandos, el estrépito y la confusión del combate, la extensión del terreno que acababan por ocupar los enfrentamientos, las dificultades de comunicación, el surgimiento de exigencias y acontecimientos inesperados, así como las tácticas que pudiera adoptar por sorpresa el enemigo, todo esto generaba un tremendo desorden, lo que explica lo mucho que el resultado del choque dependía de la preparación, experiencia y buen juicio del jefe de la soldadesca y de la iniciativa de sus capitanes. Y cuando se asentaba la polvareda levantada por la refriega seguía siendo difícil discernir qué es lo que había sucedido en realidad en el campo de batalla.